julio 16, 2008

Rastro de Dios - Continuación

Dios todo lo sabe. Se llamaba Rastro de Dios.

San Miguel empezó a mirar la lista, señalando con el dedo, pero tardó mucho en encontrarle, porque estaba el último de todos.

Ponía: “Rastro de Dios”. Y al lado no había ninguna señal; así que se trataba de un ángel que jamás había bajado a la tierra. Pensó:

-¿Dónde estará metido este Rastro de Dios que yo no me acuerdo de él?

Todavía estaba tratando de recordar, cuando Sabiduría de Dios se acercó y le dijo al oído unas palabras y a San Miguel se le alegró la cara y contestó:

-¡Ah, sí! Ya me acuerdo. ¡Es el Sentao!

Y Dios al oírle sonrió.

Se dirigieron todos adonde estaba Rastro de Dios sentado con su estrella sobre las rodillas, desde el principio del mundo.

Primero iban los ángeles cantores y detrás todos os demás ángeles. Después iban Miguel, Gabriel y Rafael, que son como príncipes de los ángeles. Como era una ocasión muy solemne, San Miguel-Capitán había desenvainado su espada, que brillaba llena de luz. Y el último, iba Dios.
El Sentao, mirando por encima de la estrella, los vio venir y pensó que ya había llegado la Gran Noche, y que era una suerte que fueran a pasar por aquel lado, porque así lo podría ver todo, si perder detalle. Lo que no se imaginaba era que todos los ángeles y Dios mismo venían en su busca. Creyó que allí sentado estorbaba el paso del desfile, e intentó correrse. Pero por poco se le cae l estrella, así q no se movió y siguió como siempre, quieto, con la estrella sobre las rodillas.

Llegaron los cantores, y todos los ángeles y se pararon rodeándolo. Rastro de Dios estaba cada vez más asombrado. Cuando llegó Dios se le quedó mirando y le sonrió, lo mismo que el día cuarto de la Creación, cuando le dio la estrella con su mano derecha.

San Miguel le dijo:

-Oye, Sentao.

Pero se calló enseguida muy apurado, porque no le parecía bien llamarle por el mote delante de Dios, y empezó de nuevo:

-Escucha, Rastro de Dios: esa estrella que tú guardas está hecha para anunciar a los Santos Reyes el Nacimiento del Niño Jesús. Tienes que marchar esta noche al Oriento llevando la estrella…

En ese momento, Rafael lo interrumpió y empezó a explicarle a Rastro de Dios en un mapa muy grande por dónde debía ir, y en seguida Fortaleza de Dios le dijo cómo debía llevar la estrella, y Belleza de Dios cómo tenía que volar para que el trazo de la luz en la noche, quedara bonito.

Rastro de Dios no entendía ni palabra. No sabría hacer el encargo. Además –San Miguel se acordaba ahora- apenas había aprendido a volar y como llevaba tanto tiempo sentado, lo haría peor aún… Sería mejor mandar a otro.


Dios se había acercado al ángel chiquitín, y lo miraba. Rastro de Dios sintió que ya no le pesaba la estrella. Se levantó. Dios hizo una seña con la mano, y Rastro de Dios vio que se abría una calle de luz en el espacio. Movió las alas. Primero torpemente. Después con fuerza. ¡Volaba!

Como llevaba miles de siglos sentado, sin moverse, la había caído encima todo el polvo del cielo, que es un polvo de luz, y ahora, al batir las alas lo soltaba en la noche, dibujando un trazo luminoso.

Los ángeles estaban maravillados.

Así fue, volando, volando, por el camino que le había señalado Dios. Llevaba la estrella en las manos extendidas y dejaba a su paso una cola de luz.

Los Santos Reyes, en su palacio, miraban las estrellas y uno de ellos dijo, señalando la que llevaba Rastro de Dios.

-¡Mira! ¡La señal! ¡Ha nacido el Hijo de Dios!

Rastro de Dios, lleno de alegría, se echó a reír.